dilluns, 16 de gener de 2012

¿Podemos hablar de crisis desde las bibliotecas?

La indiferencia ante la crisis

Bertold Brecht describe la crudeza del capitalismo de principios del Siglo XX poniendo en boca de un cínico Mackie Navaja: “Primero es la comida, después la moral”[1]. Frente la crisis económica actual, casi cien años después, se oyen voces que parafrasearían al mafioso protagonista de Brecht y dirían: ‘¿Cómo podemos estar hablando de crisis los bibliotecarios con la de servicios fundamentales que hay que preservar?

Así, salvadas honrosas excepciones[2] se manifiestan en privado algunos prominentes bibliotecarios y así debemos interpretar el silencio de las asociaciones profesionales españolas frente los primeros coletazos de la crisis que están afectando ya a las bibliotecas. Pero ¿la crisis afectará a las bibliotecas? Y, sobre todo, ¿Podemos defender las bibliotecas en tiempos de crisis? Sí, definitivamente a las dos cosas.

La crisis afectará a las bibliotecas porqué la crisis afectará a la totalidad de la sociedad española. Sin entrar en las causa de la crisis, parece evidente que los ingresos del estado que han sostenido los servicios públicos han descendido. Consecuentemente, bajarán los gastos del estado. El tema es cuánto bajarán y dónde se aplicarán los recortes. Si estos se hicieran de forma lineal, hay quién dice que es razonable pensar en un retroceso del 10% del gasto público español. Pero el gasto de las administraciones no es totalmente flexible con lo que las disminuciones se aplicarán de forma desigual y algunas partidas lo sentirán más que otras.

Las disminuciones presupuestarias afectarán a las bibliotecas igual o más que al resto de servicios públicos. Los recortes se harán de los gastos en personal (especialmente el que no es fijo), de los gastos de funcionamiento y servicios y de inversiones. Los que afecten a personal incidirán quizá lo mismo que en otros sectores pero una parte muy importante del presupuesto de las bibliotecas no es personal, son compras de materiales bibliográficos y servicios (en las bibliotecas universitarias los gastos de adquisiciones se aproximan a un 50% del presupuesto total). Capítulo a parte son las inversiones que serán las que probablemente se resientan más de un clima económico restrictivo. La remodelación o ampliación de antiguas bibliotecas y la constitución de nuevas puede que se paralice durante unos años. Es cierto que la mejora de las bibliotecas españolas realizada en los últimos años ha dependido (como veremos) del buen hacer de sus profesionales, pero lo es también que estos han tenido a su disposición recursos para hacer nuevos edificios, para llenarlos de documentos pertinentes y actuales, y para instalar tecnología que facilita el acceso o, recientemente, para la digitalización de fondos.

Cuándo ha habido recursos, ha habido para todo. En un momento de escasez se impone la priorización entre diferentes necesidades. Y es en este último punto dónde ni el profesional ni sus asociaciones pueden debilitar la defensa de las aportaciones al sistema. Diligentes como somos, a veces queremos ser los primeros en recortar; altruistas como somos, estamos predispuestos a reconocer que múltiples necesidades sociales son más urgentes que las que nosotros satisfacemos; modernos como somos, hemos dibujado un futuro inmediato en la que el espacio físico de la biblioteca ya no será necesario gracias a la ubicuidad de una información digital gratuita. No ayuda tampoco el clima general de crítica a las actuaciones no siempre responsables de los poderes públicos. Un prestigioso periódico publicaba un artículo bajo el título: Cuando todo iba bien los ayuntamientos construyeron piscinas, bibliotecas... Ahora mantenerlas es una ruina[3].

El problema no es que si los bibliotecarios y sus asociaciones profesionales no defendemos las bibliotecas no lo hará nadie. El problema es que si no lo hacemos estamos asumiendo su prescindibilidad (y, por cierto, la nuestra como profesionales). Estos reparos en explicar a la sociedad lo que las bibliotecas le aportan demuestran poca confianza en los valores de la biblioteca y en la profesionalidad con que las gestionamos. El discurso dominante nos puede y el componente de auto-odio y complejo de inferioridad que arrastramos nos paraliza y enmudece.

La reacción tiene que proceder de distintos ámbitos, pero los propios bibliotecarios y las asociaciones profesionales deberíamos ser los primeros en protagonizarla.

El papel de las asociaciones profesionales

En estos momentos de turbulencias, el primer papel les corresponde a las asociaciones profesionales. Por eso las creamos: para defender la profesión y vindicarla, para mostrar con más fuerza lo que hacemos y que lo hacemos bien, para encontrar salidas y soluciones en tiempos confusos. Las asociaciones y colegios profesionales son nuestro intelectual orgánico en sentido gramsciano; es decir quien trabaja para las bibliotecas y los bibliotecarios en el frente ideológico. Su papel es fundamental al menos en tres ámbitos: identificando la crisis, explicándola y proponiendo soluciones.

Es fácil decir que hay crisis pero lo es menos concretarlo en un sector determinado. En nuestro caso va a ser importante saber si las inversiones en bibliotecas vana disminuir y cuánto, si el personal empleado va a descender, si va a aumentar la externalización de servicios… Es decir, hacer un seguimiento de la evolución del sector a través de indicadores fiables[4] que nos permitan medir si hay crisis y que dimensión esta tiene tal como lo ha empezada a hacer la Asociación Andaluza de Bibliotecarios[5].

La crisis, además de identificarse debe analizarse. En nuestro caso a los efectos de una recesión de la inversión pública debe sumarse la profunda transformación derivada de la digitalización de la información. Los cambios, gestados de forma constante a lo largo de las pasadas décadas, son profundos y están poniendo las bibliotecas en la tesitura de desaparecer o de transformase. A nivel del imaginario popular la emergencia de lo digital podría anular la necesidad de la biblioteca física. Debemos combatir la idea fácil de que a más digitalización menos bibliotecas y, a su vez, revisar nuestras prácticas profesionales. La revolución digital hará en un breve plazo de tiempo, obsoletas las normas de catalogación, los criterios de creación de colecciones y los instrumentos de evaluación de servicios, y las asociaciones profesionales deben facilitar el cambio y ayudarnos a protagonizarlo.

Finalmente, las asociaciones deben combatir la crisis en nuestro sector ofreciendo salidas y soluciones. No es fácil, sin duda, pero a ello debemos dedicarnos colectivamente (a través de las asociaciones) a explicitar los beneficios que las bibliotecas aportan. Quizá se trate más de defender los niveles de servicio conseguidos que de pedir la creación de nuevas bibliotecas (con la excepción las escolares, como luego comentaré). Debemos explicar que ni se han hecho demasiado bibliotecas, ni se han hecho en lugares que no se debía, ni las hechas son demasiado grandes.

El papel de los profesionales y de las bibliotecas

Estas actuaciones colectivas deberían reforzarse con las que podamos ejercer los profesionales desde nuestros lugares de trabajo. Vamos a vivir tiempos difíciles y la valorización que la sociedad haga de las bibliotecas dependerá tanto del discurso global que sepamos articular colectivamente como de lo que vean que se hace en las bibliotecas concretas que la gente conoce. Creo que algo podemos hacer racionalizando nuestras actividades, cooperando más y mostrando mejor lo que las bibliotecas consiguen.

Ahora es un buen momento para revisar nuestras prácticas profesionales. Seguro que todo lo que hacemos estuvo justificado en algún momento, pero quizá ya no lo esté. Soy poco propenso a creer que los saltos hacia delante solucionen nada por ellos solos y más de buscar maneras de mejorar lo que ya hacemos. Centrándonos en la catalogación, por ejemplo, hay un amplio recorrido de mejora para quién no esté hoy copiando catalogaciones en más de un 90% de sus adquisiciones, para quién no participe en catálogos colectivos que mejoren la accesibilidad de sus colecciones o para quién no tenga aún la totalidad de su colección catalogada en formato estandarizado y accesible desde Internet[6]. Si continuamos queriendo hacer las cosas tal las hemos hecho siempre estamos cavando nuestra tumba. No se trata de abandonar los valores profesionales que justifican la existencia de las bibliotecas. Sí se trata de revisar con profundidad los medios y la forma (edificios, colecciones y servicios) con los que hemos estado satisfaciendo las necesidades sociales con respecto la información.

Cooperar más es la receta que a nivel internacional todo el mundo recomienda para estos momentos de disminución de recursos. Cooperar más para producir de forma colectiva instrumentos que satisfacen las necesidades de los usuarios en un nivel que no podemos alcanzar con nuestros propios medios. Los catálogos colectivos vuelven a ser quizá los mejores ejemplos. Con ellos mejoramos la información bibliográfica que prestamos, podemos racionalizar las adquisiciones y establecer sólidos servicios de préstame entre bibliotecas. Cooperar más para ahorrar, para tener lo mismo de forma menos cara. A nivel internacional las bibliotecas cooperan compartiendo catalogación, préstamo, almacenes de documentos de bajo uso, compras de documentación digital, programas de gestión… Hay aún camino por recorrer que usando la cooperación nos haga más eficientes y más efectivos.

Finalmente, debemos mejorar la visibilización de lo que aportamos a la sociedad a la que servimos. Las bibliotecas han estado siempre comprometidas con la efectividad de los recursos que les asignan sus financiadores, pero lo han hecho tradicionalmente con estadísticas de uso. Pero estas dicen o ‘significan’ ya poco y las bibliotecas debemos encontrar nuevos sistemas para mostrar a la sociedad que nos financia que ‘vale la pena’ seguir invirtiendo e invertir aún más en bibliotecas. Actualmente, parece que la profesión nos recomienda ya no mostrar cuanto hacemos (cantidad) o como lo hacemos de bien (calidad), si no a mostrar que lo que hacemos tiene impacto en la misión de la institución que nos soporta financieramente[7]. Al final, la percepción que la sociedad tenga de las cosas será (debería ser) determinante en el momento en que los gobiernos decidan donde priorizan y donde recortan la financiación de los servicios públicos. Por otra parte, tenemos cierta tendencia a preferir lo que creemos que es lo que se debe usar a lo que el usuario prefiere usar.

¿Podemos defender las bibliotecas en época de crisis económica?

He empezado este texto argumentando que lo que nos paraliza frente las restricciones presupuestarias es, en el fondo, la consideración de que hay servicios públicos mucho más importantes que los de las bibliotecas. No voy a entrar en consideraciones sobre las importancias relativas de unos u otros servicios públicos, pero, como profesionales debemos defender activamente las bibliotecas y al menos debemos hacerlo desde tres puntos de vista: la profesionalidad de su gestión, su insuficiencia en algunos casos y su valor social.

Llevamos unos 30 años de democracia a lo largo de los cuales la sociedad española ha debido reconstruir a partir de bases muy débiles o inexistentes servicios públicos culturales. Las bibliotecas lo han hecho razonablemente bien. Lo han hecho en base a dos aciertos: la profesionalidad y las buenas prácticas. Hemos apostado por la formación de los profesionales y por una gestión profesional de las bibliotecas (esto último a costa de roces frecuentes con los responsables políticos), nos hemos fijado objetivos, los heos planificado y los hemos gestionado los recursos con criterios de servicio público. Y para fijar qué queríamos la profesión ha tenido en cuenta (en general) lo hecho por los mejores y más modernos desarrollos a nivel mundial en el ámbito de las bibliotecas.

Debemos aún razonar que hay insuficientes bibliotecas en algunos ámbitos. Sin entrar en otros ámbitos quiero centrarme en lo que considero el peor déficit de las bibliotecas españolas: las de centros educativos de primaria y secundaria. El sistema educativo español es claramente mejorable si queremos ser un país generador de riqueza y bienestar; sus niveles de fracaso escolar son escandalosos. La riqueza material que perseguimos con tanto afán se sustenta sobre la riqueza cultural i educativa. Nuestro sistema educativo necesita bibliotecas (y profesionales que las gestionen) si queremos que la ciudadanía del futuro sea capaz de aprender a lo largo de la vida y sea un agente activo en la sociedad de la información. Los países con mejores resultados en educación consideran importantes las bibliotecas escolares[8].

Finalmente, debemos estar convencidos del valor social de las bibliotecas. Hay al menos tres motivos para fomentar les bibliotecas siempre y también en momentos de crisis económica. Las bibliotecas son equipamientos que permiten y refuerza el crecimiento de les personas y sustentan el autoaprendizaje, la formación a lo largo de la vida y la alfabetización tecnológica. Las bibliotecas son entornos públicos que no están basados en el consumo, que permiten la satisfacción de las aficiones individuales y que refuerzan los hábitos culturales en los que es sustentan todos los sectores de la cultura. Son instituciones que favorecen a los desfavorecidos i ayudan así a la inclusión social y a la creación de lazos comunitarios; en momentos de crisis económica, las bibliotecas son para mucha gente el refugio que no podrá encontrar en otro sitio.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales”. Son palabras de Federico García Lorca casi contemporáneas a las del personaje de Brecht citadas al inicio. García Lorca las pronunció en 1931 con motivo de la inauguración de la biblioteca pública de Fuente Vaqueros (Granada)[9].

España, por debajo una piel reciente de modernización material, tiene un substrato secularmentre deficitario en educación y cultura. En este panorama, las bibliotecas somos una solución, no un problema.

[post publicado hoy enThinkEPI]

[1] “Ópera de los 3 centavos”, balada ‘¿De qué vive el hombre?’.

[2] La crisis económica coge menos desprevenidos a nuestros colegas extranjeros, al menos los de los EUA. Por ejemplo la asociación de consorcios ICOLC publicó en enero de 2009 la Statement on the Global Economic Crisis and its Impacto n Consortial Licenses (reescrito en junio de 2010 y con traducción española disponible en: http://www.recercat.net/handle/2072/68139. En España, y como honrosas excepciones, la han tratado que yo sepa en el post de José-Antonio Gómez-Hernández a Thinkepi de 3 d’octubre, (‘La previsible agudización de la crisis en las bibliotecas públicas durante 2012’) y La Asociación Andaluza de Bibliotecarios (‘Estudio sobre el impacto de la crisis económica en las bibliotecas andaluzas’) en su Boletín n. 100, p. 119-136.

[4] El reciente estudio de FESABID sobre el sector se situaría en esta línea a pesar de que no incide de forma especial en la crisis económica y las bibliotecas. Ver: Gómez Hernández, José Antonio; Hernández Sánchez, Hilario; Merlo Vega, José Antonio. Prospectiva de una profesión en constante evolución: estudio Fesabid sobre los profesionales de la información. Madrid: Fesabid, 2011. 130 p. ISBN 978-84-930335-9-0. . [Consulta: 13 gen. 2012]. Su disponibilidad en SlideShare hace, por cierto, prácticamente imposible su lectura.

[5] Ver: “Estudio sobre el impacto de la crisis económica en las bibliotecas andaluzas”, en el Boletín de la Asociación Andaluza de Bibliotecarios, (2010) núm. 100, p. 119-136. <http://www.aab.es/aab/images/stories/Boletin/100/7_impacto_crisis_economica.pdf>. [Consulta 14 gen. 2012].

[6] Esto incluye los fondos o colecciones especiales la importancia de los cuales demasiado a menudo hemos minusvalorado desde las bibliotecas.

[7] Indispensable tener en cuenta: Oakleaf, Megan, “The Value of Academic Libraries”, Association of College & Research Libraries, 2010 (http://www.ala.org/ala/mgrps/divs/acrl/issues/value/val_report.pdf) y “OCLC Perceptions of libraries 2010: context and community” (http://www.oclc.org/reports/2010perceptions.htm).

[8] School libraries and teacher librarians in 21st century Australia (Canberra: Parliament of the Commonwealth of Australia, 2011). ISBN 978-0-642-79396-6 (impreso), 978-0-642-79397-3 (HTML).

[9] Lo acaba de publicar la Asociación Andaluza de Bibliotecarios en su Boletín núm. 101, de enero-junio de 2011, p. 135-136. <http://www.aab.es/aab/images/stories/Boletin/101/9_miscelanea.pdf> [consulta: 14.01.12]