diumenge, 8 de març de 2015

¿Quién paga la cena? Compras consorciadas y concentración editorial



En el post anterior hice una valoración positiva de las compras consorciadas que se iniciaron hace casi 20 años pero que se desarrollaron con toda su intensidad en la primera década de este siglo. Esto no quiere decir que la situación actual sea idílica.

Seguramente el problema principal sea hoy que estamos en una situación de estancamiento o impasse parecida a la que anunció K. Frazier. Mientras las compras consorciadas supusieron grandes incrementos en accesibilidad, y mientras se pudieron negociar en entornos de crecimiento económico, los Big Deals fueron acuerdos de gana-gana para todas las partes (lectores y autores, bibliotecas pagadoras y editoriales). 

Pero esta sensación de acuerdo beneficiosa para todas las partes ha ido difuminándose debido al entorno económico recesivo de los últimos años, a la creciente sensación de que la bibliografía científica debe ser accesible para todos, al incomodo producido por la imparable concentración de editoriales y a la distancia de la que quedan ya las mejoras mencionadas de las compras cooperativas.

A mi entender, el peor (pero no el único) de los problemas es que los precios continúan incrementándose por encima de lo que lo hacen los presupuestos. La inflexibilidad de los acuerdos conduce a una situación de ‘o lo tomas o lo dejas’ (es decir, o lo continúas tal como está o lo cancelas en su totalidad). Pero las revistas empaquetadas son tan importantes y, por su número, tan visibles, que los acuerdos tienden –en general- a renovarse, y esto se hace a menudo sacando dinero de las partidas con las que se pagaban suscripciones a revistas no empaquetadas y a monografías (1). Esta voluntad de las bibliotecas universitarias de ‘hacer las paces’ con los incrementos de las revistas supone una tendencia que prima las disciplinas científicas con respecto las de ciencias sociales y humanidades, ya que los precios de aquellas incrementan por encima del de estas.

La situación económica actual, de crisis o estancamiento de los países occidentales, ha hecho que las renovaciones anuales de los acuerdos consorciados sean cada vez más difíciles. A esto ha ayudado una condición subjetiva: la idea de que la información científica se paga dos veces, una para producirla y otra para leerla. A esta idea dedicaré el próximo BDig.

Como creo que las subjetividades influyen, debemos mencionar dos más: la de que la concentración de editoriales que se ha producido en los últimos 15 años es excesiva y contraria a los intereses académicos, y la de que los beneficios empresariales de las editoriales científicas comerciales son excesivos. Hoy hay cuatro grandes casas editoriales que publican alrededor de 2.000 de revistas cada una: Elsevier, Springer, Taylor & Francis y Wiley. Si a estas les sumamos algunas asociaciones profesionales (por ejemplo, la American Psychological Association – APA,  el Institute of Electrical and Electronics Engineers – IEEE, o la Royal Society of Chemistry - RSC) nos encontraremos que, en la mayor parte de las disciplinas académicas, el 70% de los artículos citados se concentra en no más de unas 20 editoriales (algunas comerciales; sin afán de lucro, las demás) (2).

¿Qué coste debería tener un acuerdo consorciado? La mayor parte de los acuerdos consorciados existentes tienen en su base la adición del gasto en revistas impresas que –previamente al acuerdo- el conjunto de bibliotecas gastaba en una editorial dada (3). El acuerdo se cierra añadiendo algún porcentaje a este ‘gasto previo o histórico’ para que una universidad tenga acceso a las revistas suscritas por los demás miembros del consorcio (‘acceso cruzado’) y otro para acceder a la totalidad de la colección. El gasto previo está también en la base de la mayoría de las fórmulas de distribución de costes entre los consorciados. En un acuerdo consorciado, el gasto previo es representativo de los que una universidad ha decidido gastar en una editorial y, por lo tanto, es un indicador que puede usarse para calcular tanto el precio como el importe de la aportación. Pero es evidente que, cuanto más se aleje el acuerdo en el tiempo, menos fiable es este indicador.

Las editoriales, por su parte, sufren también distorsiones debidas a haber basado los precios en el gasto previo. En bastantes casos, las editoriales publican a cuenta de sociedades a las que tienen que revertir beneficios, y este reparto tradicionalmente tenía como indicador claro las suscripciones, pero el valor de este indicador se debilita enormemente en una compra consorciada donde los usos de las revistas suscritas previamente –antes del acuerdo- pueden ser menores a los que provienen de las revistas agregadas. Algunas editoriales han intentado definir el valor de sus revistas (y, por lo tanto, de sus paquetes) de forma independiente al gasto previo, pero en el momento de querer implementar los nuevos modelos de precio, el gran obstáculo con que se encuentran es que nadie quiere pagar si el precio con el nuevo cálculo supera al precio ‘antiguo’ (ni la editorial está dispuesta a aplicar un precio más bajo que el actual si este es el resultado del nuevo modelo de precio). Algunas sociedades editoras están introduciendo nuevos modelos de precio (4), pero, de momento, la mayoría continúa moviéndose bajo el paradigma que permitió el nacimiento de los Big Deals: el gasto previo.

Es evidente que algunos de los problemas mencionados son nuevos y ‘digitales’, pero quiero destacar que algunos de ellos tienen algunos años y se fraguaron en la era de lo impreso. En los años 70 se acuño el término de ‘la crisis de las revistas’ (5) para referirse al hecho que el precio de las revistas se incrementaba por encima del IPC, canibalizando así los presupuestos dedicados a monografías. A los acuerdos consorciados se les ha atribuido erróneamente los males del incremento de coste de las revistas, pero los Big Deals no son ‘la causa’, aunque sí sean uno de los factores que intervienen en un enmarañado paisaje.

Notas:
(1)  Puede verse claramente en el gráfico de ARL  http://www.lib.berkeley.edu/photos/photos/original/ARL_Expenditure_Trends.jpg
(2)  Study on the economic and technical evolution of the scientific publication markets in Europe (Brussels: European Comission, 2005), p. 39. http://ec.europa.eu/research/science-society/pdf/scientific-publication-study_en.pdf
(3)  Anglada i de Ferrer, Lluís M.; Comellas, Núria (2002), What’s fair? Pricing models in the electronic era, en: Library Management, vol. 23, n. 4/5, p. 227-233, http://www.emeraldinsight.com/0143-5124.htm. Hay versión castellana de 2002: «¿Qué es justo? : modelos de precios en la era electrónica», en: BiD: textos universitaris de biblioteconomia i documentació, juny, núm. 8. http://bid.ub.edu/08angla2.htm  
(4)  Por ejemplo, la American Chemical Society, está desde hace unos años aplicando un modelo de precio donde este es independiente de las suscripciones anteriores y se relaciona en cambio con el nivel que la asociación asigna a la institución suscriptora. Pero esta aplicación de un modelo de precio independiente del pasado no está exenta de polémica (ver, por ejemplo: el post de Jenica Rogers (2012), Walking away from the american chemical society, en: Attempting Elegance, 12 september,  http://www.attemptingelegance.com/?p=1765 . La Royal Society of Chemistry – RSC está intentando introducir un Nuevo modelo de precio independiente del pasado, en este caso intenta solucionar los problemas de la transición combinando el nuevo precio con bonos APC para publicar en abierto.
(5)  El termino ha encontrado su lugar en la Wikipedia, ver: http://en.wikipedia.org/wiki/Serials_crisis