diumenge, 1 de març de 2015

¿Quién paga la cena? Claroscuros de las compras consorciadas (o el Big Deal revisitado)


 

Vivimos tiempos excitantes y de grandes cambios para todos y las predicciones de futuro, no por abundantes se muestran acertadas. Los grandes debates sobre la comunicación científica se centraron, en la década de los 90 del S XX, en lo que prometía la tecnología, pero se manifestaron en la década siguiente en la economía al crearse un modelo de negocio nuevo que, permitiendo las compras consorciadas, modificó de forma importante la vida cotidiana de lectores y bibliotecarios. El gran cambio de esta década quizá sea social y consista en el convencimiento de que el acceso a la producción científica debe ser generalizado. Este está siendo el gran motor de cambio del circuito de la comunicación científica.
  

En el lejano año 2001(cuando el Open Access aún no había recibido este nombre), Kenneth Frazier (1) advirtió de los peligros de los peligros de que las bibliotecas compraran conjuntamente paquetes de revistas a una editorial. Para referirse a estas compras conjuntas o consorciadas,  usó un término que ha hecho fortuna: Big Deal (2). Frazier recomendaba a los directores de bibliotecas no firmar acuerdos de este tipo para evitar los riesgos de:
“… weakening that collection with journals we neither need nor want, and increasing our dependence on publishers who have already shown their determination to monopolize the information marketplace.(3)

Le hemos hecho poco caso a la advertencia de Frazier. En casi todo el mundo las bibliotecas se han organizado en consorcios para comprar conjuntamente  bases de datos y revistas electrónicas (4). Yo me atrevo a afirmar que las compras consorciadas han sido un buen negocio para los usuarios y para las bibliotecas, aunque  su generalización nos ha llevado también a un cierto callejón sin salida. Intentaré argumentar estas afirmaciones.

El paradigma de coleccionar en la era de lo impreso consistía en seleccionar los conjuntos de información que podíamos predecir que nuestros usuarios usarían. Bajo esta perspectiva, evidentemente, suscribir lo que antes no habíamos seleccionado parecía conducirnos a pagar por lo que ‘nadie necesitaba ni quería’. Pero diversos estudios (5), confirmados por la praxis cotidiana, mostraron que si se ampliaba el horizonte de lo que el usuario podía usar, el acceso dejaba de concentrase en la colección propia y se desplazaba a títulos no previamente suscritos. Por otra parte, en una compra consorciada, donde se paga por el acceso a un paquete que incluye títulos que antes no suscribía ninguna de las bibliotecas incluidas en el trato, es impreciso afirmar que se paga por lo que no se usa. El grueso del coste se corresponde a los usos previos (determinados por las suscripciones previas) y solo un porcentaje pequeño se paga en función de los títulos no suscritos.

Las compras consorciadas han tenido en cambio claras ventajas. La primera ha sido que han supuesto un gran aumento del acceso disponible para los usuarios de las bibliotecas consorciadas. Si una de las funciones de la biblioteca es proporcionar información relevante a sus usuarios, no podemos minimizar el enorme caudal de información antes no accesible que ha llegado a los usuarios a partir de estas compras de información ‘empaquetada’ (6). Parte del buen concepto que los usuarios hoy tienen de las bibliotecas universitarias se debe a que estos asocian la llegada de las revistas digitales y el aumento de accesibilidad a las compras consorciadas (7).

Si en los años 90 del pasado siglo, la situación financiera española permitió la construcción de nuevas y grandes bibliotecas, nunca pudimos o nos propusimos disminuir la brecha en colecciones que nos separaba de los países más avanzados. La colección de una biblioteca de una universidad norteamericana podía ser perfectamente del orden de 5-7 veces más grande que la de una biblioteca de una universidad española de características equivalentes. Las compras consorciadas han permitido reducir esta relación de forma considerable, y hoy, por lo que se refiere a revistas, la diferencia debe ser de no más de 2-3 veces. Lo mismo se puede observar si se analizan países con consorcios desarrollados pero con poca tradición bibliotecaria como puedan ser Grecia, Portugal o Turquía. Las compras consorciadas (para los países que han sabido organizarse para hacerlas) han supuesto la disminución de la brecha que separaba sus colecciones universitarias de las de países más avanzados.

Desde un punto de vista interno, las compras consorciadas (que han ido inevitablemente unidas a la migración del papel a lo electrónico) han supuesto a las bibliotecas  un enorme ahorro en costes de procesamiento. Los costes de contratación se concentran, los de control desaparecen y los de manipulación y almacenaje disminuyen (8). Siguiendo con temas económicos, la pesadilla de los incrementos anuales de precio por encima de los de los presupuestos de compra se convirtió en solo un quebradero de cabeza. Los incrementos de costes anuales habían estado en España por encima del 15% y ahora están por debajo del 5%. Es difícil atribuir la contención de costes anuales a la acción concertada de los consorcios bibliotecarios, pero es innegable que la presión que estos han ejercido en los editores no puede haber dejado de tener efecto.


Notas:
(1)  Frazier, Kenneth (2001).  The Librarians' Dilemma: Contemplating the Costs of the "Big Deal", en: D-Lib Magazine, Vol. 7, Num. 3. http://www.dlib.org/dlib/march01/frazier/03frazier.html
(2)  Ver el orígen de los Big Deals en el post de Richard Poynder (2011), “The Big Deal: Not Price But Cost”, en : Information Today, vol. 28, n. 8, http://www.infotoday.com/it/sep11/The-Big-Deal-Not-Price-But-Cost.shtml
(3)  Frazier, op. cit.
(4)  Giordano, Tommaso (14), Le risorse elettroniche nelle biblioteche accademiche : Recenti sviluppi della cooperazione in Europa, en : Biblioteche Oggi, Vol. 32, n. 2, p. 5-1, disponible en  http://www.bibliotecheoggi.it/pdf.php?filepdf=20140200501.pdf. Hay traducción catalane http://www.recercat.net/handle/2072/244952
(5)  Ver: Borrego, Á; Anglada, L.; Barrios, M.; Comellas, N. (2007), Use and Users of Electronic Journals at Catalan Universities: The Results of a Survey, en:  Journal of Academic Librarianship, v. 33, Issue 1, pp. 67-75, y Urbano, C.; Anglada, L.; Borrego, Á.; Cosculluela, A.; Comellas, N. (2004),  The use of consortially purchased electronic journals by the CBUC (2000-2003), en: D-Lib Magazine,  vol. 10, n. 6. www.dlib.org/dlib/june04/anglada/06anglada.html
(6)  Las revistas recibidas por cada una de las bibliotecas del CBUC fueron, en 2013, 16.500 (Balagué Mola, Núria; Gómez Escofet, Joan (14). “Les biblioteques universitàries a Catalunya (2012-2013)”. Anuari de l’Observatori de Biblioteques, Llibres i Lectura, Vol. 3, p. 212-232. http://www.raco.cat/index.php/AnuariObservatori/article/view/285718/). Según las estadísticas de Rebiun, en 1998, la Universidad de Barcelona suscribía 6.472 revistas, la Autónoma de Barcelona 5.898 y la de Gerona 1.679 http://estadisticas.rebiun.org/cuestionarios/indicadores/indicadores_main.asp# Las diferencias son, pues, sustanciales.
(7)  La función de la biblioteca más valorado por los investigadores es la de que sea quien pague las revistas y otros recursos de información. Ver: Housewright, Ross; Schonfeld, Roger C.; Wulfson, Kate (13). “Ithaka S+R US Faculty Survey 2012”. http://sr.ithaka.org/research-publications/us-faculty-survey-2012, p. 67, así como: Borrego, Ángel (14). “ Comportament informatiu del professorat de les universitats catalanes: Estudi realitzat per encàrrec del Consorci de Serveis Universitaris de Catalunya (CSUC)  Àrea de Biblioteques, Informació i Documentació”. http://www.recercat.net/handle/2072/242106, p. 33.
(8)  Ver el potencial económico que atribuye a estos cambios David W. Lewis (07), A strategy for academic libraries in the first quarter of the 21st century, en: College & Research Libraries, vol. 68, n. 5, p. 418-434.