dijous, 3 de març del 2016

AACR, MARC, ISBD, FRBR, BIBFRAME




Las AACR cumplieron el papel de unificar las prácticas catalográficas, pero fueron concebidas para un contexto previo a la generalización del uso de los ordenadores. El formato MARC no hace más que encapsular los elementos bibliográficos mencionados en las normas de catalogación en campos y subcampos. Así un ordenador puede ‘leer’ los registros catalográficos (las siglas del MARC se corresponden a MAchine-Readable Cataloging) y saber que lo que sigue al $c en un campo 100 es un título o una palabra asociada a un nombre propio y debe escribirlo en cursiva. Las ISBD (International Standard Bibliographic Description) tuvieron como intención no solo orientar la catalogación descriptiva sino organizar la misma de forma que los ordenadores la ‘leyeran’ cómodamente.

Con el MARC (bajo AACR) los ordenadores saben leer, pero no comprenden. Un ordenador no comprende que El Somni d'una nit d'estiu represente la misma obra que A Midsummer Night's Dream o El sueño de una noche de verano. Mucho menos puede saber que la obra original ha tenido adaptaciones infantiles (como la mencionada de A. Díaz-Plaja y P. Bayés) o que con este título compusieron obras musicales Benjamin Britten y Felix Mendelssohn y una canción los Queen.

El origen de las RDA debe buscarse en el intento de dar con una solución contemporánea a los retos de la catalogación, una solución que contemple las posibilidades de la tecnología y las formas cambiantes de las necesidades de los usuarios. Las RDA quieren deshacerse de servitudes que fueron lógicas pero que hoy ya no lo son (la del tamaño escaso de las fichas en los catálogos manuales o la de las limitaciones de los instrumentos de recuperación).

Las RDA continúan orientándonos en qué hacer con los nombres de personas que incluyen guiones (RDA 8.5.5) o con los nombres de congregaciones, tribunales u otros organismos administrativos de la Iglesia Católica (RDA 11.2.2.28); en esto, las RDA y las AACR se parecen. El cambio no está aquí, sino en la mirada con la que el catalogador contempla los objetos que describe para su recuperación.

El origen de esta mirada está en las FRBR (Functional Requirements for Bibliographic Records), una publicación de la IFLA del año 1998 (¡hace casi 20 años!). Las FRBR fueron concebidas como respuesta a un entorno enteramente nuevo, un entorno que exigía reducir los costes de la catalogación, que estaba cada vez más ‘automatizado’ y en el que emergían nuevas necesidades de los usuarios. El centro de atención de las FRBR no son los registros bibliográficos, sino las ‘entidades’ que estos representan y que son lo que verdaderamente importa al usuario. Volveremos al tema en el apartado siguiente.

Esta nueva forma de ver la catalogación requiere nuevas normas (las RDA), pero también nuevas formas de encapsular la información para que ésta ya no solo sea ‘leíble’ por los ordenadores, sino que sea ‘comprensible’ por ellos. El formato MARC está llamado a ser substituido por BIBFRAME (Bibliographic Framework Initiative), un proyecto de la Library of Congress aún no ultimado.

En el formato MARC subyacen las AACR. Su objetivo es agrupar elementos en un registro bibliográfico de forma que cada uno pueda distinguirse de los demás y pueda ser manipulado de forma independiente. BIBFRAME intenta crear un modelo distinto en el que lo importante no es agrupar elementos sino relacionar ‘entidades’; BIBFRAME proporciona “los fundamentos de la futura descripción bibliográfica, ya sea en la web o en el mundo más amplio de la red”.

[Este post es la pennúltima entrega de una nota ThinkEPI que se acaba de publicar]







dimecres, 2 de març del 2016

Los objetivos de los catálogos: encontrar, agrupar, enlazar




Los objetivos de los catálogos, tal como los estableció Charles A. Cutter en 1875, son: permitir localizar una obra conocida, encontrar juntas las obras de un mismo autor o misma materia y proporcionar los elementos que permitan al usuario elegir un libro concreto entre diversas ediciones de la misma obra. A mi entender, a estos objetivos les falta el de proporcionar relaciones entre autores o entidades (cuando estos cambian de nombre, o entre materias ‘vecinas’, por ejemplo, lo que los catálogos solucionan con referencias de véase también).

Los catálogos manuales y los automatizados, las bases de datos y los grandes buscadores actuales buscan cumplir en mayor o menor medida estas tres funciones: encontrar, agrupar y relacionar.

Encontrar algo que conoces es (relativamente) fácil. El acierto depende menos de la calidad del catálogo que de la fiabilidad de tu memoria. Ayer mi librería supo decirme que el libro que buscaba (de un tal Kennedy sobe historia) era Auge y caída de las grandes potencias. En un pasado cercano no era tan fácil.

Agrupar ha sido lo más perseguido por las normas de catalogación e indización: hacer que el usuario encuentre juntas las obras de un mismo autor o de un mismo tema. Las obras de Ramon Llull se encuentran bajo este nombre en la Biblioteca de Catalunya, pero Ramón lleva acento en la Biblioteca nacional española, y la misma persona se encuentra bajo el encabezamiento de  Raimundus Lullus en la Biblioteca nacional alemana y bajo el de P. Луллий en la de Rusia. La insuficiencia de las normas para resolver estos problemas ha hecho encontrar soluciones extra-catalográficas como el VIAF.

Relacionar ha estado tradicionalmente alejado del punto de mira de los catálogos, pero las referencias de ‘véase también’ no pretenden más que eso: orientar al lector que una entidad (por ejemplo, la Universidad Politécnica de Barcelona) cambió de nombre  o que el muy recomendable John Banville  es la misma persona que Benjamin Black (en este caso, escritor de novelas policíacas).

Los catálogos manuales e incluso los OPACs tienen limitaciones importantes para ejercer cualquiera de estas funciones por mucho que las normas de catalogación nos ayuden a precisar cuál es la mejor entrada principal para una obra, qué entradas secundarias o adicionales debemos hacer y qué relaciones debemos óptimamente establecer. Sin lugar a dudas, muchas de las deficiencias (o insuficiencias) de los catálogos y de las normas que los rigen han quedado subsanadas o paliadas por la potencia de los instrumentos automatizados de búsqueda. Así localizamos a John Dos Passos tanto si le buscamos por ‘Passos’ o por ‘dos Passos’. Pero la fuerza bruta de los instrumentos de recuperación es menos efectiva para localizar, dentro de la ingente producción de libros  de Shakespeare, El Somni d'una nit d'estiu en adaptación de Aurora Díaz-Plaja (bibliotecaria, ella) e ilustraciones de Pilarín Bayés que leí hace tiempo y que ahora querría recuperar.

Pero, para encontrar, agrupar y relacionar mejor no necesitamos solamente una nueva tecnología, necesitamos  –en palabras Karen Koyle- que los datos y la tecnología trabajen juntos. No mejoraremos los resultados de las búsquedas de los usuarios solo añadiendo potencia a los instrumentos de recuperación, necesitamos además añadir ‘inteligencia’ a la forma en la que presentamos los datos.


[Este post es la entrega 4a de una nota ThinkEPI que se acaba de publicar]


dimarts, 1 de març del 2016

La tecnología es un instrumento para ahorrar y para compartir




La etérea necesidad de ahorrar y la imprecisa voluntad de compartir solo pueden sustentarse en la materialidad de unos instrumentos que las hagan posibles. Las normas de catalogación son tecnología, pero estas hubieran sido insuficientes de no haber encontrado instrumentos que sustentaran de forma efectiva y eficiente el re-uso de los registros catalográficos.

Las bibliotecas han hecho un uso intensivo de la tecnología puntera de cada momento. No es verdad que el uso de ‘Nuevas Tecnologías’ por parte de la catalogación haya empezado con los ordenadores. Antes, la impresión mecánica de copias de fichas, la confección de catálogos colectivos por reproducción fotográfica de fichas o las microformas, habían sido tecnologías usadas con la finalidad de compartir. Karen Coyle explica muy bien esta evolución tecnológica en un artículo reciente en American Libraries (The Evolving Catalog: Cataloging tech from scrolls to computers).


Creo que vale la pena destacar que el primer uso de los ordenadores con la catalogación fue el de permitir la impresión de fichas para catálogos manuales. Por esto, algunas palabras que se añaden a los nombres de personas tienen un subcampo propio, gracias al cual esta palabra acabaría siendo impresa en cursiva (por ejemplo). El formato MARC y parte de sus complejidades proviene de este uso (revolucionario a finales de los años 60 del siglo pasado, incomprensible visto con ojos de finales de los 90, cuando ya se habían generalizado los OPAC’s). La adopción de la tecnología es así, contradictoria. Lo que supone una liberación en un momento dado, acaba siendo una esclavitud al cabo de un tiempo.


[Este post es la entrega 3 de 5 de una nota ThinkEPI que se publicará en breve.]






dilluns, 29 de febrer del 2016

Los catálogos locales son insuficientes: debemos agruparlos en catálogos colectivos




Las mejores bibliotecas lo eran (¿lo son aún?) por tener colecciones grandes: a más tamaño, mayores posibilidades que un usuario encontrara lo que busca y necesita entre los documentos de la biblioteca. Por esto las bibliotecas coleccionan, para incorporar a la biblioteca libros que –a priori o just in case-  tienen un potencial de uso alto para una comunidad de usuarios dada. Pero ni las mejores políticas coleccionadoras, ni los más extensos recursos económicos dedicados a comprar documentos han conseguido que ninguna biblioteca sea auto-suficiente.

Cualquier biblioteca es insuficiente; sólo con sus materiales no puede satisfacer las inquietudes de sus usuarios. Creo que es una suerte que sea así; lo contrario -que las bibliotecas pudieran anticipar todas las demandas que recibiesen-  significaría estar en un mundo predictible, en un mundo cerrado en el que los saberes serían compartimentos estancos y las personas seres sin curiosidad. La insuficiencia de las bibliotecas ha sido paliada por éstas con dos instrumentos complementarios: los catálogos colectivos y el préstamo interbibliotecario.

Para facilitar acceso a los documentos, las bibliotecas ofrecen dos niveles de servicios: el inmediato y basado en las colecciones propias, y el mediato basado en la colaboración con otras bibliotecas. Para facilitar este último, diferentes bibliotecas agrupan sus registros en un instrumento común, y aquí las normas de catalogación intervienen de nuevo ya que sólo compartiéndolas se puede crear un instrumento unitario manejable.

Los catálogos colectivos han supuesto problemas nuevos para la catalogación, ya que –evidentemente- es más fácil hacer una catalogación coherente dentro de una institución (con el catálogo local) que entre diversas (con un catálogo colectivo). Otro elemento a destacar es que la dimensión de los catálogos crece de forma exponencial. En 1965 (por poner una fecha), el catálogo de una biblioteca muy grande podía contener unos 4M de registros bibliográficos; en 1995 el catálogo colectivo de OCLC tenía unos 40M de registros y hoy incluye unos 400M.

Nota. La fotografía es de la Universidad de Yale y es un árbol de Navidad hecho con algunos de los 754 volúmenes del National Union Catalog, catálogo de los libros impresos anteriores a 1956 presentes en bibliotecas del Canadá y los EUA:



[Este post es la entrega 2 de 5 de una nota ThinkEPI que se publicará en breve.]

diumenge, 28 de febrer del 2016

Encontrar, agrupar, enlazar: las promesas de las RDA



A lo largo del 2016, las bibliotecas universitarias de Cataluña y la Biblioteca de Catalunya iniciarán la catalogación usando las normas RDA (Resource Description and Access), en sustitución de las AACR2. La Library of Congress y la British Library la iniciaron en 2013 y, desde entonces, otras muchas bibliotecas han seguido este camino. El uso de las RDA como normativa catalográfica es un paso más en un camino trenzado por tres voluntades: la de ahorrar, la de compartir y la de desarrollar la tecnología que lo haga posible.

Catalogar es caro: debemos hacerlo ahorrando esfuerzos
Coleccionar, catalogar, proporcionar acceso. Este es el mantra de las bibliotecas. En algunos casos coleccionar es primordial, en otros lo es facilitar el acceso y uso, la catalogación puede ser lo más relevante en determinadas circunstancias… Las tres funciones requieren recursos y la catalogación ha sido una de las actividades bibliotecarias que –especialmente en algunas bibliotecas- ha consumido más. Por otra parte, catalogar un documento dado podría ser una actividad que se hiciera una sola vez; el registro creado podría reutilizarse n-veces, en muchos casos sin cambios, en algunos con adaptaciones menores.

La historia de la catalogación puede contarse como el camino de encontrar y acordar normas y pautas comunes de catalogación que permitan el re-uso por parte de muchos del registro bibliográfico creado por una biblioteca (por la primera que cataloga un documento). Las bibliotecas pueden ahorrar una parte importante de sus recursos (especialmente en personas) si son capaces de reaprovechar las catalogaciones de otras bibliotecas para su uso propio.

En 1961, en París tuvo lugar la primera International Conference on Cataloging Principles, que acordó unos criterios generales (conocidos como los “Principios de Paris”) que permitieron al cabo de no muchos años la elaboración de unas normas de catalogación para los países de habla inglesa. Pero la primera edición de las Anglo-American cataloguing rules (1967) fue un éxito a medias ya que no contó con una única edición, sino con una de británica y otra de norteamericana. La unificación normativa (a nivel anglosajón) se realizó en 1978 con la segunda edición de las AACR. Mientras tanto el formato MARC apareció en 1968 y a principios de los años 70 la IFLA iniciaba la serie de ediciones de normas internacionales para la descripción bibliográfica de documentos de diferente tipo (las ISBD) que, entre otras, tenía la intención de facilitar la catalogación usando ordenadores.

Es dentro de esta tradición que debemos situar a las RDA: una norma con las ventajas e inconvenientes de querer ser internacional, confeccionada de forma consensuada entre la comunidad bibliotecaria y pensada para ser usada en el contexto tecnológico actual.


[Este post es la entrega 1 de 5 de una nota ThinkEPI que se publicará en breve.]



diumenge, 14 de febrer del 2016

Un balanç de l’any de les biblioteques




La iniciativa era evidentment bona i així va ser saludada per la professió en general i per aquest Bloc. A l’espera d’un balanç oficial que exposi els resultats obtinguts per als diferents objectius de l’Any,  jo faig el meu: 
  • un èxit, 
  • una absència i 
  • una ocasió perduda.

Èxit indubtable en el que es tractava de parlar de biblioteques al llarg d’aquest any (fins i tot van ser presents en l’acte oficial de l’11 de setembre). Al llarg del 2015 s’han celebrat multitud d’actes commemoratius i les biblioteques han estat més presents que mai en els mitjans de comunicació.

Una absència: la de la reflexió sobre com han de ser les biblioteques públiques del futur. Si n’hi ha hagut no la he vist. Malgrat tot, cal i l’any oficial hagués estat un moment ideal per fer-la (o, millor dit, per iniciar-la). Les biblioteques estan vivint arreu canvis molt i molt profunds deguts a la progressiva digitalització de la informació i a la seva accessibilitat des de la xarxa. Això ha comportat que molts sistemes bibliotecaris hagin fet reflexions sobre quins canvis han de fer-se a les biblioteques per continuar aportant valor a la societat en aquest context diferent. Per altra banda, el sistema de biblioteques públiques de Catalunya, per exemplar que sigui, té mancances que hagués estat convenient examinar al llarg del 2015 per estudiar-ne mesures correctores.  
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Una ocasió perduda: aprofitar el moment per parlar de les “altres” biblioteques (les d’entitats, les de centres governamentals, les de les escoles i centres d’ensenyament, les de les presons, les de les universitats, la nacional...) Per a molta gent, la funció de les biblioteques públiques no és distingible de la que de forma genèrica fan les “altres”: ajudar a la gent en la seva interacció amb la informació. L’any , en això, ho ha estat només d’algunes biblioteques.  

dilluns, 8 de febrer del 2016

Lo que preocupa a los bibliotecarios



La revista Ítem del COBDC dedica su último número (el 59)  a mirar más allá. 

52 personas (en su mayoría profesionales B-D) responden a las preguntas siguientes:
·         ¿Cuáles han sido los cambios más importantes que ha vivido tu (rincón) profesional en los últimos 20 años?
·         ¿Cuáles son los principales retos de futuro?
·         Si pudieras cambiar 3 aspectos relevantes de la política bibliotecaria ¿qué cambiarias?
·         ¿Qué perfil debería tener el profesional del futuro?

Alguien me dijo que lo que debería hacerse con el contenido de las entrevistas era vaciarlas en un fichero y sacar de él una nube de palabras para ver las que más se repiten.

Yo, a falta de habilidades tecnológicas, lo que he hecho es leer todas las entrevistas y sacar notas. Lo que deduzco que preocupa por encima de otras cosas es:
·         La tecnología
·         La visibilidad de la profesión
·         La adaptación de los servicios actuales a nuevas necesidades y perfiles de los usuarios

La tecnología es el cambio más importante de los últimos años. Aquí no hay sorpresas. Y quizá haya pocos comentarios a hacer. Sólo el que es un cambio más citado por los entrevistados de edad más avanzada y por los gestores que por los demás. Estos deben tener aún fresca la memoria de los tiempos de la biblioteca de papel y los esfuerzos que ha supuesto la gradual (y aún no finalizada) transición a lo digital.

De forma bastante generalizada, la visibilidad de la profesión es el reto citado como más importante. Lo mencionan especialmente los entrevistados que han ocupado u ocupan cargos en asociaciones profesionales, pero no sólo estos. De las entrevistas me parce de deducir que se desprende más una decepción respecto al pasado que un reto de futuro. Partiendo de la enorme transformación de las bibliotecas en los últimos años y de la gran aceptación de sus servicios transformados, los entrevistados se preguntan cómo es que la profesión continúe siendo tan poco visible; que cómo es que el bibliotecario-documentalista no sea un perfil solicitado por empresas e instituciones para ayudarles a organizar y hacer visible la información.

La adaptación de los servicios actuales a nuevas necesidades y perfiles de los usuarios es el 2º reto de futuro principal. De forma muy madura, diferentes entrevistados muestran un alto nivel de alerta frente, no a los cambios que ya hemos vivido, sino a los que acontecerán. Sin que se diga de forma explícita, los cambios tecnológicos se ven como una constante en el mudo actual y se es incapaz de predecir las consecuencias de los mismos en las necesidades y hábitos de los usuarios de las bibliotecas.


Con menor intensidad, diferentes voces dicen:
·         Las bibliotecas públicas de Cataluña deberían ‘ya’ constituirse en una red o sistema únicos y ofrecer, por ejemplo, un catálogo colectivo y un sistema de préstamo unificado entre bibliotecas de diferentes redes.
·         El éxito de la generalizada aceptación de las bibliotecas ha sido haber sido capaces de construir un modelo de biblioteca que ha satisfecho necesidades reales y contemporáneas. Al mismo tiempo se expresa la necesidad de construir modelos de éxito parecidos para un futuro inmediato, un futuro del que no conocemos aún la necesidades.
·         Se reclama más cooperación entre las bibliotecas. A pesar de reconocer los avances en coordinación entre las existentes y los logros de las b. universitarias. 
·         Se expresa la preocupación de no seguir recibiendo los recursos que han permitido conseguir los resultados actuales.
·         Se expresa (menos de lo que yo creo necesario) que la mala situación de las bibliotecas escolares es el gran punto débil del sistema bibliotecario de Cataluña.

Es mi resumen y puede no ser el de otros, pero ahí está la revista para que cada cual saque sus conclusiones.


Las personas entrevistadas son: Ernest Abadal, Adela d'Alòs-Moner , Lluís Anglada i de Ferrer, Assumpta Bailac Puigdellívol, Nicolàs Barbieri; Joan Subirats, Mònica Baró Llambias, Antònia Boix, Elvira Bosch Jorba, Marta Cano Vers, Lluís Codina, Alícia Conesa, Anna Cornet Casals, Albert Díaz Mota, Glòria Durban Roca, Constança Espelt, Eulàlia Espinàs, Marta Estruch, Carme Fenoll Clarabuch, Elisenda Figueras i Llaveria, Laura Fuses Navarra, Loida Garcia-Febo, Daniel Gil Solés, Rafel Ginebra i Molins, Jordi Graells i Costa, Javier Guallar, Yusef Hassan Montero, Marc Hernàndez Güell, Àlex Hinojo, Carina Huguet, Ignasi Labastida i Juan, Berta López, Marià Marín i Torné, Josep Matas Balaguer, Ana María Merino Márquez, Assumpta Molist, Mònica Montero, Mercè Muntada, Ana Pérez Hidalgo, Glòria Pérez-Salmerón, Miquel Àngel Plaza-Navas, Patricia Riera-Barsallo, Lluís Rovira, Eugènia Salvador, Ana Santos Aramburo, Eulàlia Sau Baiget, Alicia Sellés Carot, Eugènia Serra Aranda, Joan Soler Jiménez, Cristina Soy i Aumatell, Pep Torn, i Paula Traver Vallés.